viernes, 21 de octubre de 2011

COMADRES DE CUPAJO - Un cuento del Tata Herrera

Oleo sobre tela. Campesinos. Tillie Bellizzi. Oleo sobre tela. http://www.artelista.com/obra/6505552918243291-campesinos.html

 -Y se lo llevaba nomás. Vea comadre: no era la primera vez que el maestro Humberto Chanampa lo invitaba a Cruz a salir de serenatas. Cruz alguito le travesea a la guitarra. Esto sí: casi siempre en su casa. Por las tardecitas, al volver de la labranza, luego de lavarse ruidosamente la cara, el cogote, las patas. En ocasiones -mi hombre no sabe lo que es cansancio-, ensilla el caballo y se va de un galope a las Termas de la Quebrada a darse un baño, aunque desde aquí, desde Cupajo, hay tres leguas largas. Cuando se pone el sol, mientras yo trajino cocinándole, él toca la guitarra. Y canta. Cantos casi siempre tristes: huaynitos, vidalas. ¡Pero qué linda siento la vida cuando canta! Aunque sepa que no canta para mí... ¡Vaya a saber para quién canta! Ocasiones, me dan ganas de que el pucherito no termine de cocinarse, para que el canto no se apague.
-¡Cómo vuá desairar al maistro! -me dice-, cuando al señor Humberto, el maestro, se le antoja invitarlo. Él, mi Cruz, sabe que yo me enculo cuando sale con esa compaña, porque el maestro es por demás de chinitero, pordelantiador de solteras y casadas. Y cuando entra a farrear, se sabe eso: que entró a farrear; lo que no se sabe es cuando va acabar. Yo, al Cruz, cuando vuelve de la farra, flaco, ojeroso, oloriento, le planto una cuarentena de palabra... y de cama. Si se acuesta en la cuja grande en el rancho, yo me voy afuera aunque esté helando. Y él: -Mujier, vení pa'dentro, no seás tirana... Y al rato: -Mujier, por esta cruz te juro que no vuá'tocarte... Y a mí, se me hace verlo poniendo el dedo gordo en cruz sobre los labios. ¡Bah!, cuarentena digo, comadre, pero por lo menos una semana... Bueno, no es para que se me ría, comadre... ¡Ay!, solo yo sé lo que sufro, aguantándome las ganas de ver los regalitos que me trae, porque por más que se lo pase todo el tiempo puntiao[1], meta ¡salú!, ¡vaquita echada!, con el maestro Chanampa, nunca olvida traerme una gollería: que una agua florida, que un pañuelo, que un queso de cabra.
-Pero yo le estoy agradecida. Aunque soy machorra, nunca me lo hechó en cara, creameló comadre. Al contrario. ¡Siempre bromeando! -¿No sabrá ser que yo soy toruno[2], incapaz de hacerte una guagua?- me decía, consolándome en la desgracia. ¡Si habré llorado a escondidas, cuando veía que se le iban los ojos tras alguna guagua...! ¡Tanto que le gustaban! No dejé empeño sin hacer, conjuro sin practicar, ensalmo sin pronunciar, yuyo sin probar, curandera sin visitar, buscando quedar preñada, hasta esa vez que vino aquel curandero ciego, ¿recuerda?, a tratar a la gente de Huaco, cogida por el Mal de la Tristeza... El Cruz, propiamente mi Cruz, me llevó hasta Huaco. El ciego atendía en una pieza oscura como el espanto. Hasta hoy, me da no se qué recordarlo: -Avanzá tres pasos -me ordenó con esa voz como si hablara desde un pozo. -Ahura adelantá las manos... Así hice, y en el acto me tomó de las manos con las suyas, enormes, calientes, suaves... Cuando le conté porqué lo visitaba, y que le habíamos traído una cabrilla gorda de regalo, me hizo que me echara en una cama... ¡Todo tanteando, porque no se veía nada! Hablaba y hablaba -¿cómo le diría?- como cura en misa, sin que se le entienda palabra, mientras me tocaba, me tocaba... las manos, en fin... y en otros lados; yo estaba como entredormida, pero de repente me di cuenta que me levantaba la pollera, mientras me llevaba la mano a... hacia sus partes. Yo estaba mojada como cuando... ¡bueno, usted sabe! -y disculpe comadre-, entonces salté de la cama, le grité a mi hombre, y por su voz, me fui hasta la puerta, salí al patio, agarré la cabrilla que estaba colgada de un gancho en el alero del rancho, y sin decir palabra, me fui para el caballo. Mi Cruz venía tieso como estaca. Cuando anduvimos un trecho, se dio vuelta, me miró firme y me dijo: -¿Te faltó ese carajo?" Yo le dije no con la cabeza, porque le había visto esa luz repentina en los ojos, que le extraviaba la mirada... Lloré, lloré todo el camino... ¡Piense comadre en las distancias que hay de Huaco hasta Cupajo!
-Así pasaron los años. Mi Cruz nunca me hizo faltar nada. Empeñoso como pocos... Él fue de los primeros que aquí dejó de sembrar sólo máiz, y comenzó a cultivar pimiento, ají, comino... Y a vender bien. Progresamos. Y él, con esa determinación de agrandar el rancho, hasta hacer esa casa, esa casa enorme... porque necesitaba en qué gastar sus energías, cuando tras las cosechas reposa la tierra, y los rastrojos se tornan amarillos... pardos. -¿Quién te dice, Clara, -me decía- si algún día se te da por parir, y llenamos la casa de chinitas y changos?
Tal vez porque lo entristecían las fiestas de fin de año en ese caserón despoblado, siempre se las arreglaba para que de Navidad a Reyes, lo pasáramos de casa en casa de sus compadres, que son tantos. Gastaba una fortuna en regalos a sus ahijados. Ese año, me dejó un dos, tres de Enero, y se fue a farrear a Corral Quemao. Cuando iba a Corral Quemao, yo me quedaba tranquila, porque seguro que la farra era en lo de Don Marcelino Ríos, ¡tan amigo y compadre! Me sorprendió volviendo prontito, la Noche de Reyes. Venía contento, a los alaridos, como sabe hacer cuando llega enfiestao. Montaba el moro peruano, lo hacía girar a todo paso en el patio, y déle gritar: -¡Albricias! ¡Albricias!... ¡Clara, carajo, vení a ver lo que ti'tráido!" -Yo me dije: Este viene por demás machao... Tenía puesto el poncho de vicuña... había llovido y estaba fresco. Paró el caballo, y se reía. Yo le dije: -Apiesé, hombre; deje de alborotar. Y él como si nada. -¡Adiviná mujier lo que ti'tráido! -y movía un bultito bajo el poncho. Y yo, por seguirle el juego, ¡meta adivinanzas...! -¡Frío, frío, carajo! -respondía a cada adivinanza, hasta que por ahí, cambió el tono, y me dijo: -Vení, mujier agarrala...- ¡Era una guagua! ¡Casi se me cae el niño de la emoción y el pasmo! Me dio un frasquito con miel de palo[3], para que lo entretuviera si el niño lloraba, y ahí nomás dio la vuelta, y salió volando. Desde la tranquera gritó: -¡Me voy pa'La Quebrada, mujier... La mama de Domingo Llampa, tiene una burra recién parida! Sus palabras se mezclaron con el paso del caballo.
-¡Ay, comadre, me daba vueltas la cabeza! No me animaba ni a dejarlo sobre la cama, y menos abandonarlo por un momento, para llamarla a usted, tan baquiana en criar guaguas... Cruz volvió de madrugada, con la burra cabestreando, y un burrito precioso, pequeño, en brazos. Panchito, lo bautizamos, ¡hermanito de leche de nuestro hijo, el Pancho! Lo demás, lo que vino, comadre, todo lo sabe.
-¿Se fijó comadre, que siempre hablo de Cruz, como si anduviera por las sementeras, como cuanta?[4] Usted hace lo mismo, cuando recuerda a su finadito Natal del Carmen... De la gente vieja, las puras viudas vamos quedando... El hecho es que mi Cruz, como siempre, se salió con la suya. Cuando el niñito ya estaba en edad de llevarlo a Belén para anotarlo, un día, mientras mateábamos, me preguntó: -¿Sabís como se llaman los regalos que se hacen pa’Navidad, o pa’Reyes? Él mismo se contestó: -Aguinaldos... De ahí le salió la ocurrencia de nombrar Aguinaldo a nuestro chango. Conociéndolo cabeza dura como era, no le opuse reparo. Consultando El Santoral en la capilla, vine a saber que a los nacidos en Reyes, les nombran Epifanio, por la Fiesta de la Epifanía, es claro. Así se lo comenté, pero él, como oír llover. -El chango es regalo de Reyes, y si mi compadre, Don Estratón Ferreyra no se opone, se llamará Aguinaldo. Qué se iba a oponer el Juez de Paz, su compadre. Cuando lo llevamos a anotar en Belén, yo tenía todavía una esperanza, pero Don Estratón largó la carcajada: ¡Linda ocurrencia, compadre! Regalo de Reyes: ¡Aguinaldo seguro será el chango!
-¡Ay!, comadre, ayudemé a moverme un poco de la silla, que me hallo entumecida. Se ha hecho tarde... ¿Qué sería de mí, sin su compaña? Ya van para diez años que vivo aquí, en su casa. Gracias... ¡Sí sabré que me quiere como a hermana! Ahora, me pregunto: ¿A quién habrá salido así, mi Aguinaldo? ¿A sus padres? ¡Que nada de lo mucho que le dejó mi Cruz le importe! Que todo vaya dándolo, a los que lo necesitan, y a los aprovechados... Es como si quisiera pagarle al mundo entero que nosotros lo hayamos criado... Que mi Cruz, recogiéndolo, lo salvara de una muerte segura, recién parido, huérfano de madre. Y no le faltan condiciones. Si hasta esa mano especial para las sementeras que tenía mi Cruz le ha heredado. Me han contado que a la finca la cultivan otros... Que él se ha reservado sólo el cerco del frente de la casa, donde hace la huerta, ¡para que le coman todo, las gallinas, los chanchos de los allegados! ¿Será cierto -no me mienta por piedad, comadre- que ha dejado las habitaciones principales, y que vive como siempre, solo, pero en el pesebre que para el Moro construyera su padre? ¿Que como fue cediendo pieza a pieza a los allegados, cerró la puerta del establo, y ahora entra y sale por una ventana? Ojalá pronto el Señor se acuerde de mí, para no saber más nada. ¡Ay!, comadre.   


[1] "Puntiao": Levemente borracho.
[2] "Toruno": Dícese de animal castrado de un solo testículo; éste conserva virilidad, pero no aptitud de procrear.
[3] "Miel de palo": Exquisita, sutil miel que fabrican pequeñas abejas en el hueco de árboles u horcones.
[4] "Cuanta": Hace tiempo, antaño.

domingo, 26 de junio de 2011

CANCION DE AMOR Y NUPCIAS (Canta Juan).

Juan Benigar
Dejé para conocerte
todo un mundo a mis espaldas;
luego de besar tu boca,
descubrió la paz mi alma.

Para festejar tu paso
florecieron las jarillas;
el viento inventó tayiles
por nombrar tu maravilla.

Yo quiero abrigar mi pecho
con las noches de tus trenzas,
y en la hondura de tus ojos
mirar todas las estrellas.

Qué talentoso alfarero
logró modelar tu vientre,
terrón de carne morena,
destino de mi simiente.

Tendida como la tierra
desde siglos me esperabas
para que vuelque en tu cuerpo
todo el río de mis ansias.

Ya nada será lo mismo:
ni la luz, ni las calandrias;
nuestras almas ahora caben
en dos manos apretadas.

De Scheypuquiñ y Juan. Memoria Cantada, C.H. Herrera y J. L. Bolea, en Margarita Garrido (Directora), La dramaturgia de Neuquén en la encrucijada, Educo, Editorial de la Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, 2010, pp. 50-51

viernes, 22 de abril de 2011

LAS MMULAS ALGUNAS VECES. Un cuento del Tata Herrera.

Foto de: lamiradaperdida.wordpress.com/2008/11/25/indio-anciano/
  

    Los perros lo acosaban. Lo perseguían una cuadra. Cuando llegaba a una esquina, eran relevados por otra jauría hasta la esquina siguiente. Cuando vio el asfalto, se detuvo sorprendido. Su inmovilidad desconcertó a los perros que se retiraron. Sólo los casches1, con su inagotable gana de joder, seguían ladrando. Cuando al cabo de un momento decidió transitar la calle asfaltada, sus perseguidores fueron disminuyendo hasta hacerse ocasionales. Era un venerable anciano. Acaso hubiese sido un moro claro; ahora, encanecido, era casi tordillo. Tenía los ojos tristes, ahondados en tristeza por esas ojeras negras, propias de los caballos viejos de pelaje claro. En su plenitud, debió ser imponente. Cuando algo lo conmovía erguía el pescuezo, henchía los ollares, cobrando una majestad elocuente. El sargento Genaro, cuando lo vio marchar hacia el centro del pueblo, decidió arrearlo hacia las afueras espantándolo con su gorra, pero el Tordillo lo encaró con decisión y agilidad sorprendentes, haciéndole perder la gorra. Los changuitos, que habían dejado sus juegos para observar este infrecuente espectáculo, se burlaron del sargento. Éste recogió la gorra, la sacudió contra una pierna para quitarle el polvo, y marchó hacia el Corralón Municipal a dar aviso de la incursión del caballo, que, seguro, en cualquier momento pastaría en la plaza.
El Tordillo avanzaba más seguro. Bordeó la plaza, y giró hacia el este por la Calle Larga. Luego de unas cuadras, se detuvo ante el antiguo portón de una panadería, y esperó un largo rato. El portón fue abierto para dar paso a un camión que egresaba. Ni bien éste salió, el Tordillo se introdujo al trote en el patio, y se dirigió hacia un galpón que había sido caballeriza. El hombre que había abierto el portón trató de expulsarlo, pero el caballo se limitó a poner las orejas gachas y darle el anca, amenazándolo con una coz. El hombre -un peón de patio- convocó a los obreros de la panadería. Éstos, contentos por abandonar aunque fuera por un momento la rutina, surgieron agitando polvorosas bolsas harineras. Cuando se abrían en abanico para espantar al intruso, los gritos de Don Ramoncito Yapura -el maestro panadero- los contuvo. El viejo colla salió de la cuadra quitándose el delantal de lienzo y gritando:
-¡Dejen tranquilo a ese caballo! ¡Güelvan al trabajo, carajo!
Desencantados porque la diversión se les esfumó, los jóvenes regresaron a la cuadra. Yapura marchó con decisión hacia el Tordillo, emitiendo chitos amistosos. Giró lentamente alrededor de él, para aproximársele con baqueana cautela hasta acariciarle el cogote, el lomo, la frente. Finalmente, ante la sorpresa del peón de patio, abrazó largamente la cabeza del recién llegado. Don Ramoncito llamó al hombre.
-Tomá; andáte hasta lo del turco. Compráme unas diez brazadas de soga, y un fardo de alfalfa.
Mientras el peón se retiraba, pudo escuchar que el colla le hablaba tiernamente al Tordillo.
Alta la noche, cuando parvas de dorado pan colmaban mesas y canastos, Don Ramoncito fue en busca del caballo y marcharon a la par, como viejos amigos. A la mañana siguiente, Yapura hablaba con su mujer:
-Miejcha, Adalcira... ¿Cuántos años han pasao... seis... siete, desde la noche de la niña Anita, mi mimosa?
Atado a un chañarcito del patio, el Tordillo duerme echado con la cabeza reposada sobre un fardo. Yapura sospecha que se repone de un cansancio enorme. Prosigue:
-Mujier, endespertá los changos. Deciles que revisen bien el cerco. Si encuentran un portillo, que lo cierren. Quiero que el "Tordito" (diminutivo con el que casi siempre nombra al caballo) ande suelto, tránquilo, hasta que le llegue la hora. Yo me'i dir a la polecía, mujier. Les diré...
Su voz se pierde cuando marcha con el paso tardo, los pies robustos como adoquines, eternamente calzados con ushutas2. Antes de ingresar a la policía se acuclilla un rato, pensando.
-Unos güenos días...
-Buen día, Don Ramoncito -responde el sargento, mate en mano.
-Quiero parlamentar con el comesario.
-Temprano por demás ha venío, Don Yapura. El jefe cae a eso de las once.
-Entón, aguaitaré.
-Si quiere hacer alguna exposición, metalé. Yo estoy de oficial de guardia.
-No. Gracias. Aguaitaré.
Se acuclilla en un rincón, pensando. Pensando. Se le vuela el tiempo sin sentirlo, hasta que alguien le toca el hombro. Las sombras de los jacarandáes de la plaza vecina ya se cobijan bajo cada árbol.
-Unos güenos días, señor comesario. Hi venío pa que me agarre una denuncia.
-¿Qué denuncia, Ramoncito? -inquiere sonriendo el milico, y agrega:
-Vos sos uno de los pocos en este pueblo de locos, que no me dá trabajo.
-Vengo a que me agarre la misma denuncia que l'hice hace algunos añitos.
-¿Cómo? Dejáte de joder, Yapura. No me vengas con esto de resucitar denuncias añejas.
-Yo vengo a denunciarle, señor, que ha güelto el Tordillo.
El comisario se respalda, contempla las vigas centenarias del artesonado. Algo lo incomoda en la actitud del colla.
-Nada me acuerdo, Ramoncito, de que haigas denunciado la pérdida de un caballo.
-Hi venío a decirle señor, que ha güelto el Tordillo. El Tordillo de la niña Anita.
Recién ahora Yapura levanta la vista, enfrentando los ojos del comisario.
-Mirá, Yapura. Eso pasó hace ya demasiado tiempo. No sé qué interés de mierda podís tener en esas cosas. Locuras de ricos. De niños bien. Dejáte de joder.
-Con este brazo quebrao, le dije que yo golvería. Ya vé, golvió el Tordillo. El Tordillo de la Niña Anita... -dice poniéndose de pie.
-Bueno, che. Mañana mandaré a buscar el caballo.
Ramoncito gira como felino.
-Eso no, comesario. El Tordillo es mío. Por ahora, es mío... No quedrá cargar usté con otro muerto, porque en de ya le digo: al Tordillo me lo sacan sólo muerto.
Impresiona al comisario la convicción de Yapura. Esa convicción que parece nacerle desde los talones.
De regreso en su casa, Yapura convoca a sus hijos:
-Atiendanmé bien hijitos. El Tordito, es como alguien más de la familia. Ansí deben tratarlo. Ni bien caiga la oración, me lo traen pa soguiarlo aquí, bien cerca las casas. Pueden haber interesaos en que el flete se pierda otra vez. Ni bien lo soguíen, larguenló al Comedido. (Un perrazo barcino que dormita cerca, levanta la cabeza como adivinando que a él se refirieron.)
Transcurridos algunos días, Ramoncito visita nuevamente la policía. El Comisario lo atiende enseguida.
-Vos dirás, Ramoncito.
-Por el caballo i'venío.
-(Ríe el comisario.) ¿Has visto lo caro que resulta mantener un matungo a pesebre?
-Si, señor. Yo i'venío pa pedirle que usté me dé un certificao de que el Tordillo a güelto.
-¡Puta, che! Y yo que pensaba que venías a pedir la escupidera... A pedirme que traigamos al matungo pa darle pase a mejor vida.
-Ya vé, señor. A eso i'venío.
El comisario se echa la gorra hacia atrás, y estalla:
-¿Te creís indio de mierda, que la policía está para esas pendejerías? ¿Te has pensao colla de mierda que soy güevón? ¡Sargento! ¡Saquemeló a este pelotudo afuera!
Es de pura piedra el brazo que el sargento oprime. Cuando el sargento regresa, el comisario agrega:
-Que dé gracias que mi mujer es loca por las tortillas que hace el colla. De no, ya mismo lo metía en el calabozo.
Acuclillado en la vereda, Yapura piensa. Piensa. Luego de largo meditar, encamina sus pasos hacia el Juzgado de Paz. El juez de paz es su compadre, padrino de bautismo y de óleos del shulko3 de Yapura.
-¡Cumpa Ramoncito! -exclama el juez de paz en cuanto lo ve.
-Güen día compagrito, con la bendición de Dios.
-¿En qué travesuras anda compadre, que ya lo vi pasar dos veces para el centro?
-No'i venío a verlo como compagre, si no como juez.
-Lo único que faltaba... Usted metido en pleitos.
-No son pleitos, compagre. Quiero que me agarre una denuncia.
-Hable, nomás.
-No aquí. En su ofecina. ¿En sus libros queda todo registrao... pa siempre?
-Sí, Ramón. Para siempre
Ramón Yapura expone:
-Yo, Ramón Yapura, natural de San Ramón, en de hace años avecindao aquí en Belén, vengo a denunciar que hace como una luna, llegó de güelta el Tordillo. Se metió en el patio de la panadería, se plantó delante la caballeriza que fuera, y ái yo me lo llevé pa casa. (Tras los lentes, el juez mira con creciente curiosidad a su compadre.) Vengo a decir que el Tordillo es el mesmo, pero mucho más viejo, que el caballo que se robaron los milicos uniformaos y desuniformaos, cuando asaltaron la casa de mi patroncito, Don Indalecio Escobar, que en paz descanse, llevándose a la juerza y arrastrandolá de las mechas4 a la niña Anita Escobar, a quien nunca más golvimos a ver. (La pluma del juez rasguña como un insecto el papel.) Que a causa del robo de la Niña, mis patroncitos murieron al año cabal de la pura pena. Que yo i'sío testigo de los hechos. Que se robaron además al Tordillo, sillero de "la niña. Que cuando salí en defensa de la niña me cagaron a culatazos y me quebraron este brazo, que me arregló endespués Doña Edelmira Segura, la componedora. Que el caballo, por ausencia de su dueña verdadera por ahora es mío, porque él, pobrecito, ya viejo, me ha elegío a mí pa dueño, y que Dios me lo demande si no lo cuido como a un hijo. El caballo es el mesmo, porque del lao de montar tiene la marca de mi finao patrón, aunque del otro lao lo haigan marcao con los puros números, como a caballo patrio. Que agora, como hace ocho años, en la comesaría de este pueblo no me quisieron agarrar esta denuncia, que hoy sí me la agarra mi compadre Don Estratón Segura, juez de paz, y que Dios me lo bendiga.
Tras el parrafazo de Yapura, el juez busca dos copitas azules, una botella de aguardiente. Brindan los compadres.
-Bueno, aquí queda registrada su denuncia, para lo que haga falta. ¿Qué piensa hacer ahora?
-No sé, compagrito. Entuavía no sé... Por algo Tata Dios me haberá mandao al Tordito... Por algo se empieza a desenriedar un ovillo.
Ya se marcha el viejo colla, sombrero en mano. Desde la puerta grita:
-Le'i de mandar una cabrilla con su ahijao... Y nu'es pa pagar el favor, que los favores no se pagan. Se la mando porque se me canta.      
 Nicandro, el shulko de los Yapura, lee cada media mañana el diario a su padre. Nadie se explica esta reciente afición del obrero. Cuando Ramoncito se levanta de la siesta a matear, el Tordillo lo espera en la tranquera. El Viejo va en busca de algarrobas a la troje, y vierte unos puñados en una tipa. Deposita, luego, las algarrobas muy cerca suyo, sobre una esterita de totora. Alguno de sus changos franquea la entrada al caballo. Se sucede un juego que todos contemplan divertidos: el Tordillo trota en círculos cada vez más apretados alrededor de Yapura. Éste permanece inmutable, hasta que dice: "Dale, Tordito, cométe las algarrobas... de nó, te las como yo..." Cuando Yapura amenaza tomar las algarrobas, el caballo se detiene, empuja con su hocico la espalda, el hombro del viejo, hasta hacerlo trastabillar. Recién entonces devora las algarrobas goloso como un niño.
Cuando Ramoncito regresa a su rancho, el Tordillo se queda haciendo guardia al lado de la silla de matear del anciano, y hasta que éste no le dice "Dale, Tordito, golvete pal cerco", el caballo no abandona el lugar.        
Un día de esos, Yapura da un respingo cuando Nicandro lee cierta noticia. Solicita que el niño repita la lectura, y luego le ordena que la recorte. Al día siguiente levantó una baldosa y extrajo una bolsita embetunada que contenía algunas pepitas de oro, y marchó a venderlas en casa del orfebre. Desde entonces arrecian los preparativos. El Tata marchará a la ciudad capital en compaña de Leoncio, el mayor de los muchachos "porque ha'i ser mas avisao pa estos negocios", según criterio del padre, porque Leoncio cumplió el servicio militar en la ciudad capital. Por único equipaje llevan los Yapura dos grandes y coloridas alforjas, industria de telares belichos5.
Cuando llegan a destino, se anotician que la Comisión viajó a Tucumán. A Tucumán siguieron. Tres días "se hospedaron" en una plaza, hasta que los atendieron. Los recibe una joven abogada, quien no puede ocultar su cansancio:
-Si señor. Esta es la Comisión que busca. Si es su voluntad, le grabaré lo que quiera decirnos. Luego lo pasaremos a máquina para que lo firme.
-¿Y eso cómo es?
-En este aparatito guardaremos sus palabras. Cada vez que las necesitemos, las sacaremos de allí. (Acciona unas teclas.) Comience a hablar, nomás.
-Yo, Ramón Yapura, natural de San Ramón... -la muchacha le hace señas que se detenga. Hace retroceder la cinta, y Yapura escucha su voz, como si hablara por radio.
-¿Así que ese soy yo?
-¿Quién más sería? -responde la abogada divertida.
-¡Mierda que había sabío ser paisano pa'hablar! -exclama Ramoncito, y comienza a confesarse con el grabador. La abogada escucha el testimonio, impresionada por la credibilidad y el realismo conque el colla expone los hechos. Aprovechando una pausa para acondicionar el grabador, comenta:
-Va a ser muy útil su testimonio, señor Yapura. Sabemos que hubo más secuestros y robos en la villa, pero aún la gente no se anima a declarar.
Yapura se da cuenta que la muchacha pugna por vencer el cansancio, entonces le propone:
-Si es de su voluntar, dotora, mañana le sigo, no sin antes contarle que hace un tiempito, regresó solito, ¡vaya saber desde ande!, el caballo de la niña Anita Escobar, mi mimosa. Dende guagüita la llevaba a jugar en casa... La niña parecía una uvita rubia, entre las uvas morenas de mis hijos. Como le decía, se devolvió el Tordillo. Misma marca del lao de montar, y unos numerazos del lao del lazo, que aquí le traigo anotaos. Con los puros números lo remarcaron esos lagrones.
Al día siguiente, son tres los miembros de la comisión que escuchan a Yapura:
-Anoche, mientras esperaba el sueño acostao en el pastito de la plaza, mi'acordé dotora, que me hábia olvidao de contarle que cuando me dejaron tirao en la vereda -antes hábia dejao yo dos antarka6 escupiendo los dientes- el que mandaba, y que nuembraban comandante Dardo, les mingó7 a los otros milicos que me ajusilaran. El tal Dardo salió echando putas con su camioncito por la Calle Larga, llevandosé a la niña Anita con la boca atada pa que no espante el barrio. Los chinos, cuando pudieron cargar el Tordillo, conviersaban. Me metieron dos escupetazos lao la cabeza, pero sin intención de matarme. Entuavía están las marcas en las piedras lajas.
Calla un momento buceando en su memoria para no dejar nada olvidado.
-Hasta aquí, lo que vi con mis propios ojos, lo que escuché con mis propios oídos... Lo demás, me lo contó el Tordillo.
La abogada detiene el grabador.
-Perdón, Don Yapura. ¿Dice usted que el resto de su testimonio lo hará por lo que le contó un caballo?
-No cualquier caballo, dotora. El Tordillo.
Se produce un silencio largo. Interviene otro miembro de la Comisión.
-¿Afirma usted, señor Yapura que habla con los animales?  
Cuando formula la pregunta, mira a Leoncio. Éste interviene por primera vez:
-El Tata sabe conviersar con los animales. Con algunos. Esto sí: conviersa muy de cuando en cuando.
Participa el miembro restante:
-Lo del caballo, a efectos de la denuncia, es inviable... no es posible. Arruinaría todo lo anterior, que es valioso. No podemos, Don Yapura, poner que el caballo es su informante.
Interviene la abogada.
-Si usted nos autoriza, vamos a dejar, a consignar, solamente lo que usted vio.
Ramoncito traga saliva. Le hierve la cabeza. ¿Cómo no haber pensado antes que estos puebleros no le creerían al Tordillo?
-Mire niña. Ya estoy viejo, y si algo tengo es no ser macaniador. Un ejemplo: ¿cómo puedo yo saber lo que platicaban los soldaos cuando iban en el camión? Porque me lo contó el Tordillo. Los milicos alumbraban con sus linternas las cosas que hábian robao. Se cagaron a trompadas pa quedarse con la escupeta que mi patroncito, Don Indalecio, trajo de Las Uropas. ¿Cómo podería yo, dotores, saber lo que esos junigransietes conviersaban cuando se detuvieron en Londres8?
El colla observa que el grabador sigue detenido.
-Porque el Tordillo me lo contó. Diz que hablaban pestes del comandante Dardo, porque les hábia prohibío que se pordelantiaran9 las prisioneras... Así, con perdón de la palabra se espresaban.
Yapura los estudia uno por uno. Se inclina a recoger la alforja que dejó en el piso, toma el sombrero de sobre el escritorio.
-Güeno, señores, yo les agradezco que se haigan amolestao en escuchar este viejo.
Los miembros de la Comisión saludan a los collas. La abogada los despide en la vereda.
-¡Les agradezco tanto que hayan venido a dar testimonio desde tan lejos! -toma unos billetes de su cartera, quiere entregárselos a Ramoncito, pero éste los rechaza.
-No dotora, gracias. Pa venir, hice plata un orito que guardaba desde chango... Lástima que no haigan créido a mi Tordito... al Tordillo. Los animalitos nunca mienten, dotora... los inocentes. Aunque algunos dicen que las mulas sí. Algunas veces.

1 casche: Perro pequeño, choco, gozque.
2 ushutas: sandalias rústicas.
3 schulko: (quichua) el hijo menor, el benjamín.
4 mechas: cabellera, el pelo.
5 belicho: oriundo de Belén, Catamarca.
6 antarka: yacer de espaldas.
7 mingó: encargó, encomendó.
8 Londres: Antigua villa del departamento Belén, Catamarca.
9 pordelantiar: Someter por la fuerza, violar

jueves, 3 de marzo de 2011

CANCIÓN DEL CABECITA NEGRA. Un cuento del Tata Herrera.


   Dibujo de Robinson Avello Ayala (Chile)


C
ola Torcida ladraba su desgano, ronco, con toda la vejez acumulada en la garganta. Ladraba y ladraba aún mucho después de que había descubierto a Demeterio. El viejo, luego de acariciarlo con su botín engrasado, le decía:
-Calláte viejo güevón.
Seguía su cantinela Cola Torcida hasta escuchar el crujido de tablas con que el viejo abría y cerraba la puerta de su pieza donde lo invadía el olor del Primus, mixturado con el del guiso de anoche. Demeterio comprobaba el nivel del querosén introduciendo el meñique en el tanque. Salía enseguida al pasillo para encender la mecha; allí esperaba que la llama se tornara azul, para reingresar a su habitación con el calentador.
Demeterio continuaba diciendo:
-Calláte viejo güevón -aunque Cola Torcida hubiese enmudecido.
Desde ese momento hasta que el sueño lo venciera, charlaba con su Ramonila, mientras tomaba la sartén retinta con estalactitas de hollín a los costados, y cocinaba el guiso de siempre. Comía de la sartén, hablando sin pausa con su mujer. A duras penas empinaba un vaso de vino blanco luego de comer porque un cansancio enorme le sumía el pecho, lo empujaba a un abismo. Se sacaba los botines resoplando, y se tendía en el camastro sin quitarse el mameluco engrasado, sin cubrirse los grandes pies amarillos, aunque crujiera una helada.
    Al día siguiente se infligiría regaños por su dejadez, por "¡ser tan linyera, carajo!". El implacable despertador de Cola Torcida lo levantaba, más que con sus roncos ladridos, con el obcecado rasguñar la puerta. Demeterio aún descalzo le abría para que Cola diera cuenta de los restos del guiso de anoche. Como por un pacto doméstico, el perrito lamía la sartén hasta dejarla brillando.
   Demeterio retomaba la charla con su Ramonila. Habían pasado ya cuatro largos años desde que la despidiera en la puerta de calle besando el féretro. “Los vecinos se me enojaron -recuerda- porque yo no quise ir hasta el cementerio... Las viejas estaban como para sacarme los ojos, hasta que intervino mi compadre Miguel, diciéndoles ‘dejenló al Negro. Por algo no querrá ir...’ "
   -¿Te acordás Ramonila, que yo te había dicho que te abriría la puerta cuando vos te quisieras ir con tus santos? El Cola Torcida y yo, vieja, andamos corriendo una cuadrera pa’ ver cuál de los dos entra primero a plumerear el nicho -ríe exhibiendo sus dientes intactos.
   -Y vos, Negra, que vivías diciéndome  “¡Andáte a Catamarca. ¿Sabés lo calentito que debe estar el pago?” Pero bien sabés que yo no tengo corazón para abandonarlo al Cola.
   Demeterio ha ido insensiblemente descendiendo en sus compromisos de trabajo en el taller, hasta terminar limpiando -a soplete con nafta y pincel- los mecanismos que otros repararían. Para sentirse bien le basta con que el patrón, a la hora del matecocido, de vez en cuando diga: “Ahí donde lo ven, el Negro es el mejor mecánico que pisó este taller”.
   Demeterio soportaba paciente las bromas de aprendices, de jóvenes oficiales. Durante la breve siesta que el viejo dormía respaldado a una pared mientras sus compañeros salían a almorzar, un jovencito le ató los botines entre sí. Cuando Demeterio se levantó y quiso caminar, cayó de bruces. Se las arregló para desatar los cordones y erguirse, y marchó hacia la oficina del patrón entre risas contenidas de los muchachos. No faltó uno que gritara:
   -¡Nada de alcagüeterías, Negro!
   Cuando llegó a la oficina, le comunicó al patrón:
   -Le vengo a avisar, patrón, que tendré que pegarle a un chango.
   De regreso al taller escogió al que le pareció más fuerte, y lo durmió de una trompada. Se acabaron las cargadas. Los muchachos ignoraban que Demeterio había educado sus manos y muñecas con la maza y la barreta junto a su padre pirquinero desde lo matinal de sus años.
La Ramonila y Demeterio tuvieron una hija, la Dorita. La muchacha, muy linda, se fue bien casada con un albañil correntino, y nunca más la vieron.
Demeterio mentía a su mujer.
-¿Sabés que ha venido a visitarme la Dorita? ¡Linda está la chinita! Ya nos dio nietos. Un cazalcito. Se ha cortado el pelo, la hijita. Bueno... no reniegues, mujer. Las chinitas de ahora no tienen tiempo para trenzas. ¿Cómo? Ya sé que te miento... Pero bien que te me morirías otra vez, pero de aburrida, si no te macaneara un poco. ¿No es cierto?
Termina de comer. Ya lo ataca el toro negro del cansancio. No sabe en qué momento yace en el camastro, protegido por el mameluco, su segunda piel.
Cuando termina de despertar, contempla sorprendido el amarillo encordado de luz que se filtra por las hendijas de la puerta.
-¡Viejo Cola, te dormiste! -grita a su compañero, mientras calza los botines. En el pasillo, Cola Torcida yace casi pegado a la puerta, con la cabeza apoyada en las manitas ¡tan cortas! Demeterio toca a su amigo con la punta del botín. Cae blandamente hacia un costado la cabecita pequeña.
Regresa Demeterio a la pieza. Abre una valija de cartón donde guarda sus mejores pilchas, aquellas que solía lucir cuando concurría con la Ramonila al baile. Toma la cajita forrada con  papel floreado y vuelca su contenido: un puñado de billetes ahorrados quincena a quincena durante estos cuatro años de viudez. Sale con el paso milagrosamente joven. Se detiene ante donde hace un instante sepultó a Cola Torcida, y le dice como despedida:
-¡Colita Torcida! ¡Me has ganado nomás esta cuadrera!
Y, ya en la calle:
-Tenías razón Ramonila. No me iba a morir sin mirar mis cerros. Sin comer una algarroba.

viernes, 4 de febrero de 2011

EL ÚLTIMO CARNAVAL DE DOROTEA CHORORQUI. Un cuento del "Tata" Herrera.

                                                                        
Nepomuceno Vaquinsay pastorea un pequeño hato de llamas, mientras su hijo Santos, más allá, entre empinadas laderas impracticables para las llamas, hace lo propio con un rebaño de cabras de largo pelaje. Se arrebuja el viejo colla bajo el poncho puyo que lo cobija del viento helado. Éste silba herido en los filos de las rocas, trayendo de a ratos un remoto son de quenas, de antaras... Pese al frío, las tolas y las jarillas -heraldos de la primavera- se ornaron de áureas flores, para regocijo de los pastores, al cambiar la monotonía de grises de La Puna.
Añora Nepomuceno los tiempos aún no lejanos en que su esposa, Dorotea Chororqui -ahora impedida por el peso de los años- le hacía compañía. Recuerda que la conoció en el carnaval de Purmamarca cuando, en su cortedad y hurañía de montañés, no se había animado a hablarle. Durante todo el año estuvo preparando una copla para ofrendar a la niña de sus ojos el carnaval venidero. La remembranza le pinta una sonrisa que fulge en su dentadura magnífica con el sol del atardecer.
Sospecha el pastor que su amada compañera se está encaminado hacia el fin de sus días, y que su alma, alivianada, vaga en su cercanía, pues hay signos que así lo delatan: un leve movimiento de unas matas cuando reina una quietud absoluta, o cuando, sin necesidad de acción alguna del pastor, las llamas siguen el rumbo más propicio... Santos lo confirmó ayer con un comentario: -Nunca hi’visto padre, a las cabras tan obedientes y entendidas; ni necesidad de guiarlas hi’tenío... Rotundos signos en los que Nepomuceno, fincado en tradicionales creencias, da por seguros: -Dios ha’i querer que su muerte sea tan mansa y buena como su vida. Tendré que ir pensando ande darle sepoltura. En estos pensamientos se ensimisma, cuando, de pronto, siente cercano el balar de las cabras que conduce Santos. Ha llegado la hora del regreso al lejano hogar.
Dorotea Chororqui, en la soledad de la choza, de la que no sale si no de a ratitos desde hace meses, piensa, piensa, mientras hace girar en el huso de hilar las hebras finísimas de la lana de vicuña: -Como mi abuela, como mi madre, pensando estoy mi vida de tras pa delante, de delante pa tras. Ansí yo también he de finar... Recuerda que su abuela murió muy alto en la montaña, con un ramo de hierbas medicinales en el regazo y una honda paz en el rostro.
Largamente precedidos por el balar de las cabras y el tañir de cencerros, se acercan los pastores. Sigue Dorotea atentamente los rumores como si estuviera viendo a los suyos. Sabe, ahora que callaron las cabras, que se encuentran sosegadas al resguardo del aprisco, mientras las dóciles, sumisas llamas se reunieron en la hondonada vecina. Atiza el fuego, echa tres puñados de maíz pisingallo en la ollita de fierro, y pronto el maíz florece en los albos copos del ancua. Entran los hombres, muy inclinados, por la puerta escasa. Dispuestos alrededor del fuego, depositan sobre éste sendos agotados acullicos. Cenan el ancua calentita, un cuenco de mazamorra con leche de cabra, y, de postre, un trozo de patay. Apenas si cruzan algunas palabras referidas al pastoreo del día. Luego, se hace un largo silencio. Santos, pronto duerme el sueño profundo de la juventud y el cansancio. Dialogan ahora los ancianos:
-Pensando estuve que nuestro Santos debe bajar pal carnaval.
-¿Con qué plata, irá a la fiesta? ¡Como pa carnaval andamo!
-Nuestro Santos, marido, debe bajar pal carnaval...
-¿Con qué plata mujier?
-Ya le tengo preparada su ropita: calzones nuevos, blusa tejida, poncho siete colores, sombrero ovejuno nuevito. Ya ves...
-Pero ¿con qué plata mujier?
-Mirá viejo, mirá los ovillos de lana’i vicuña que hilé. Buena platita podrá juntar vendiéndolos.
-Pero... ¿de ande te salió este apuro porque el hijo vaya pal carnaval?
-El hijo se lo merece. Nuestro shulco se queda con nosotros, pa no dejar solos a estos viejos. El hijo, ¡dende cuanta que´s hombre! Viejo, el Santos, priecisa mujier.
-Dorotea, Dorotea, ¿cómo creís que me arreglaré pa pastoriar las cabras y las llamas yo solito?
-Diosito proveerá... “Yayaicu hamac-pachapi cac...”  (Padre nuestro que estás en los cielos...) -ora la anciana el Padre Nuestro en la lengua ancestral, tal como lo enseñaran hace siglos los misioneros a sus antepasados, recurso con el que siempre da por terminada cualquier disputa. Nepomuceno con gesto de resignación, se dirige al lecho de cueros ovejunos.
Dorotea labora incansable, preparando las prendas que su hijo lucirá en el carnaval. Termina de tejer y bordar una amplia alforja que cómodamente guardará la ropa de fiestas y el avío que Santos precisará llevar. Santos, por su parte, ensaya tradicionales aires en la antara, los mismos que a su padre  escuchara desde lo matinal de la memoria, música que la raza evoca y recrea desde antiguo.
Cuando llega el día de la partida, Dorotea se hace trasladar fuera de la choza, presidiendo desde allí los preparativos. Santos parte con un simple adioshito madre, adioshito padre; total, son sólo cuatro días entre ida y vuelta, más una semana de carnaval.
Poco, muy poco hablaron los ancianos durante la ausencia del hijo, y no sólo por la parquedad ingénita de ambos, sino, también, porque las palabras huelgan tras extensa y armoniosa convivencia. Lo cierto es que Nepomuceno podía seguir los aconteceres de la fiesta lejana, conforme a los mudables humores de Dorotea, quien, de a ratos, se mostraba inquieta, con redivivos sonrojos de mocedad.
-Mi Santos ha’i tener suerte, viejo.
-Segurito.
-Nepomuceno, hoy es martes de carnaval. Debimos hacer nuestra fiestita.
-Naaa... ¿y cómo?
-Rica comidita preparé... También upié un poco de máiz, y alojita tenimos en el puco, viejo.
Bebieron, comieron con alborozo de cholos.
-¡Alhajita que estás contenta!
-¡Mi Santos ha conocío mujier! ¡Descolgá la caja y cantame como cuanta!
-Vaya si me sabré acordar... -Nepomuceno Vaquinsay pulsó primero la caja con chirlera quedo, íntimo, hurgando en la memoria las coplas de cantar al amor; las mismas que entonara antaño para Dorotea, su único amor:

Kampaschu purinqui, viday,
vestiduiqui overollaj,
quillaina sumaj alegre
Intijna sonko cansachaj.

Cuando andas, mi vida,
con tu vestido overo,
eres linda y alegre como la luna
y el corazón me quema como el sol.

Auackan mini cantamini,
imitaj mimana suasaj,
sonkoillapas mananockap
gustu cabal cuasanaipaj. 

Llorando y cantando estoy,
qué otra cosa puedo hacer,
si he dado mi corazón
gusto cabal no ha de haber.
      
Chunquitay palomitay
ni pinta canta jinaka,
cantajina buenataca
macaska mucha costaka.

Querida palomita
nadie es como vos,
no hay como vos tan buena
 aunque te riña me besas.
      
Había embeleso en la postrera sonrisa de Dorotea Chororqui. Nepomuceno, con piadosa unción, le cerró los ojos. Sintió necesidad de compartir su soledad con el cielo constelado y el viento frío, pertinaz, de la Puna. Pensaba: -Ansí se me jue: dando alegría como me llegó. Ansí se lo contaré a nuestro Santos. Pachamama, ahura es tuya.


domingo, 5 de diciembre de 2010

CANCIONCILLA PARA EL VIEJO HERRERO MATURANO (*). Una poesía del Tata Herrera.

 Ilustración de Dini Calderón
Cuando me viene en recuerdo
tu presencia, Maturano,
visto pantalones cortos,
transito el campo descalzo,
y veo bajo unos talas
viejos carros desarmados.

Hablabas como tu fuelle,
con resoplidos de viento
entre tus labios morados...
Yo esperaba que saliera
en bocanadas de fuego
el run-run de tus palabras.

A la siesta te dormías
con el mate entre las manos;
se agitaban en tu sueño
las memorias de cien años.
Con cenizas de tu mota
ya se nevaba el Ambato.

Cuando descansaba el yunque
Y se moría la fragua,                        .
Maturano me contaba
de aquel flete de un caudillo
al que una vez calzara
con herraduras de plata.

Y de un jefe montonero
asimismo recordaba,
aquel caballo guerrero
que vino herido de lanza,
y que el herrero curaba
con grasa de lampalagua.

Más que en cielos imposibles
cuando niño yo aspiraba
vivir en tu infierno bueno,
viejo herrero Maturano,
y parecerme a ese viento
que en humo se iba a la tarde.

 (*) Esta cancioncilla, fue musicalizada por el músico pampeano José Gerardo "Lalo" Molina.