jueves, 16 de septiembre de 2010

EL HACHA DE PIEDRA. Un poema del Tata Herrera.

Veía sus alpargatas menudas
-desteñidas por el sol capayano-
caminar sobre los cantos rodados
enarenados y húmedos aún por la crecida
reciente;
guardaba perfume a temporal
este río fugaz,
este río de quita y pon,
este río de...:
- ...llego bramando, haciendo
rodar como nueces peñascos sansones.
Mi panza áspera de tumultos
contagia temblores a la tierra,
y es mi voz 
memoria de los truenos
que rodaron por los cerros
donde está mi casa,
mi cíclica naciente;
desciendo desbocado; emula mi marcha
derrumbes en desfiladero;
mi cabeza de ramas, de mugidos
de toros ahogados que llevo
por el aire cual pajuelas;
mi cabeza no se arrastra
-¡vengan a verla!-
mi cabeza brinca, rueda,
¡agua de levantar polvaredas!
Exudan mis costados, relentes
de la flora toda, del árbol entero:
desde el penacho de sus raíces
que son escoba
para barrer mi lecho,
hasta la flor que majo y macero.
Mirad los pájaros en loco
torbellino coronando mi cabeza;
urgido, busco 
la paz del llano, el cauce final
que se abre en delta a campo abierto:
Pronto, cuando la serena
quietud deposite mi limo
entre el monte redivivo por mi gracia,
yaceré explayado espejo,
presintiendo la irrupción
de la hierba; será mi recuerdo
un mar de verdes. Vendrán
los labriegos sin tierra a sembrar
ancos, calabazas, sandías y melones
  en estas costas sin dueño.

Ignoraba el niño
este discurso algo jactancioso
pero certero del río.
Agitaba una rama de jarilla
en despareja batalla con miríadas de jejenes
que no lograban distraerle de la búsqueda
de piedras variopintas, polimorfas:
aquí, un basalto negro flagelado de cuarzo blanco,
más allá el cristal estrellado de una obsidiana verde...
Cuando los jejenes le enfebrecieron
los desnudos brazos, las corvas inermes,
se disponía a abandonar la búsqueda,
cuando la viera:
límpida, sumisa, echada sobre la arena;
de suavísimo gris y tímidos verdes
investida, tal ciertos huevos;
perfecta de curvas: el ala como henchida,
el peto robusto y breve,
separado del ala por cintura
de singular hendimiento;
armoniosa como el vuelo
de un ave de alto vuelo.
La probó con la punta de la lengua:
sabía a tierra levemente salina
oliendo aún a creciente, nefrita primorosa,
¡el Hacha de Piedra!
Inmutable cayó al morral,
inmutable durmió junto a su lecho,
inmutable acompañó al joven andariego,
inmutable siguió al hombre por todos sus derroteros. 
Al alcance de la mano siempre,
al alcance de la mirada que en ella reposa,
al alcance del hombre
que sólo entrevé sobre el abismo
de doce lustros, las alpargatitas aquellas
del niño que fuera,
y El Hacha, que finalmente irá con él
cuando lo llame la tierra.

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