jueves, 3 de marzo de 2011

CANCIÓN DEL CABECITA NEGRA. Un cuento del Tata Herrera.


   Dibujo de Robinson Avello Ayala (Chile)


C
ola Torcida ladraba su desgano, ronco, con toda la vejez acumulada en la garganta. Ladraba y ladraba aún mucho después de que había descubierto a Demeterio. El viejo, luego de acariciarlo con su botín engrasado, le decía:
-Calláte viejo güevón.
Seguía su cantinela Cola Torcida hasta escuchar el crujido de tablas con que el viejo abría y cerraba la puerta de su pieza donde lo invadía el olor del Primus, mixturado con el del guiso de anoche. Demeterio comprobaba el nivel del querosén introduciendo el meñique en el tanque. Salía enseguida al pasillo para encender la mecha; allí esperaba que la llama se tornara azul, para reingresar a su habitación con el calentador.
Demeterio continuaba diciendo:
-Calláte viejo güevón -aunque Cola Torcida hubiese enmudecido.
Desde ese momento hasta que el sueño lo venciera, charlaba con su Ramonila, mientras tomaba la sartén retinta con estalactitas de hollín a los costados, y cocinaba el guiso de siempre. Comía de la sartén, hablando sin pausa con su mujer. A duras penas empinaba un vaso de vino blanco luego de comer porque un cansancio enorme le sumía el pecho, lo empujaba a un abismo. Se sacaba los botines resoplando, y se tendía en el camastro sin quitarse el mameluco engrasado, sin cubrirse los grandes pies amarillos, aunque crujiera una helada.
    Al día siguiente se infligiría regaños por su dejadez, por "¡ser tan linyera, carajo!". El implacable despertador de Cola Torcida lo levantaba, más que con sus roncos ladridos, con el obcecado rasguñar la puerta. Demeterio aún descalzo le abría para que Cola diera cuenta de los restos del guiso de anoche. Como por un pacto doméstico, el perrito lamía la sartén hasta dejarla brillando.
   Demeterio retomaba la charla con su Ramonila. Habían pasado ya cuatro largos años desde que la despidiera en la puerta de calle besando el féretro. “Los vecinos se me enojaron -recuerda- porque yo no quise ir hasta el cementerio... Las viejas estaban como para sacarme los ojos, hasta que intervino mi compadre Miguel, diciéndoles ‘dejenló al Negro. Por algo no querrá ir...’ "
   -¿Te acordás Ramonila, que yo te había dicho que te abriría la puerta cuando vos te quisieras ir con tus santos? El Cola Torcida y yo, vieja, andamos corriendo una cuadrera pa’ ver cuál de los dos entra primero a plumerear el nicho -ríe exhibiendo sus dientes intactos.
   -Y vos, Negra, que vivías diciéndome  “¡Andáte a Catamarca. ¿Sabés lo calentito que debe estar el pago?” Pero bien sabés que yo no tengo corazón para abandonarlo al Cola.
   Demeterio ha ido insensiblemente descendiendo en sus compromisos de trabajo en el taller, hasta terminar limpiando -a soplete con nafta y pincel- los mecanismos que otros repararían. Para sentirse bien le basta con que el patrón, a la hora del matecocido, de vez en cuando diga: “Ahí donde lo ven, el Negro es el mejor mecánico que pisó este taller”.
   Demeterio soportaba paciente las bromas de aprendices, de jóvenes oficiales. Durante la breve siesta que el viejo dormía respaldado a una pared mientras sus compañeros salían a almorzar, un jovencito le ató los botines entre sí. Cuando Demeterio se levantó y quiso caminar, cayó de bruces. Se las arregló para desatar los cordones y erguirse, y marchó hacia la oficina del patrón entre risas contenidas de los muchachos. No faltó uno que gritara:
   -¡Nada de alcagüeterías, Negro!
   Cuando llegó a la oficina, le comunicó al patrón:
   -Le vengo a avisar, patrón, que tendré que pegarle a un chango.
   De regreso al taller escogió al que le pareció más fuerte, y lo durmió de una trompada. Se acabaron las cargadas. Los muchachos ignoraban que Demeterio había educado sus manos y muñecas con la maza y la barreta junto a su padre pirquinero desde lo matinal de sus años.
La Ramonila y Demeterio tuvieron una hija, la Dorita. La muchacha, muy linda, se fue bien casada con un albañil correntino, y nunca más la vieron.
Demeterio mentía a su mujer.
-¿Sabés que ha venido a visitarme la Dorita? ¡Linda está la chinita! Ya nos dio nietos. Un cazalcito. Se ha cortado el pelo, la hijita. Bueno... no reniegues, mujer. Las chinitas de ahora no tienen tiempo para trenzas. ¿Cómo? Ya sé que te miento... Pero bien que te me morirías otra vez, pero de aburrida, si no te macaneara un poco. ¿No es cierto?
Termina de comer. Ya lo ataca el toro negro del cansancio. No sabe en qué momento yace en el camastro, protegido por el mameluco, su segunda piel.
Cuando termina de despertar, contempla sorprendido el amarillo encordado de luz que se filtra por las hendijas de la puerta.
-¡Viejo Cola, te dormiste! -grita a su compañero, mientras calza los botines. En el pasillo, Cola Torcida yace casi pegado a la puerta, con la cabeza apoyada en las manitas ¡tan cortas! Demeterio toca a su amigo con la punta del botín. Cae blandamente hacia un costado la cabecita pequeña.
Regresa Demeterio a la pieza. Abre una valija de cartón donde guarda sus mejores pilchas, aquellas que solía lucir cuando concurría con la Ramonila al baile. Toma la cajita forrada con  papel floreado y vuelca su contenido: un puñado de billetes ahorrados quincena a quincena durante estos cuatro años de viudez. Sale con el paso milagrosamente joven. Se detiene ante donde hace un instante sepultó a Cola Torcida, y le dice como despedida:
-¡Colita Torcida! ¡Me has ganado nomás esta cuadrera!
Y, ya en la calle:
-Tenías razón Ramonila. No me iba a morir sin mirar mis cerros. Sin comer una algarroba.

viernes, 4 de febrero de 2011

EL ÚLTIMO CARNAVAL DE DOROTEA CHORORQUI. Un cuento del "Tata" Herrera.

                                                                        
Nepomuceno Vaquinsay pastorea un pequeño hato de llamas, mientras su hijo Santos, más allá, entre empinadas laderas impracticables para las llamas, hace lo propio con un rebaño de cabras de largo pelaje. Se arrebuja el viejo colla bajo el poncho puyo que lo cobija del viento helado. Éste silba herido en los filos de las rocas, trayendo de a ratos un remoto son de quenas, de antaras... Pese al frío, las tolas y las jarillas -heraldos de la primavera- se ornaron de áureas flores, para regocijo de los pastores, al cambiar la monotonía de grises de La Puna.
Añora Nepomuceno los tiempos aún no lejanos en que su esposa, Dorotea Chororqui -ahora impedida por el peso de los años- le hacía compañía. Recuerda que la conoció en el carnaval de Purmamarca cuando, en su cortedad y hurañía de montañés, no se había animado a hablarle. Durante todo el año estuvo preparando una copla para ofrendar a la niña de sus ojos el carnaval venidero. La remembranza le pinta una sonrisa que fulge en su dentadura magnífica con el sol del atardecer.
Sospecha el pastor que su amada compañera se está encaminado hacia el fin de sus días, y que su alma, alivianada, vaga en su cercanía, pues hay signos que así lo delatan: un leve movimiento de unas matas cuando reina una quietud absoluta, o cuando, sin necesidad de acción alguna del pastor, las llamas siguen el rumbo más propicio... Santos lo confirmó ayer con un comentario: -Nunca hi’visto padre, a las cabras tan obedientes y entendidas; ni necesidad de guiarlas hi’tenío... Rotundos signos en los que Nepomuceno, fincado en tradicionales creencias, da por seguros: -Dios ha’i querer que su muerte sea tan mansa y buena como su vida. Tendré que ir pensando ande darle sepoltura. En estos pensamientos se ensimisma, cuando, de pronto, siente cercano el balar de las cabras que conduce Santos. Ha llegado la hora del regreso al lejano hogar.
Dorotea Chororqui, en la soledad de la choza, de la que no sale si no de a ratitos desde hace meses, piensa, piensa, mientras hace girar en el huso de hilar las hebras finísimas de la lana de vicuña: -Como mi abuela, como mi madre, pensando estoy mi vida de tras pa delante, de delante pa tras. Ansí yo también he de finar... Recuerda que su abuela murió muy alto en la montaña, con un ramo de hierbas medicinales en el regazo y una honda paz en el rostro.
Largamente precedidos por el balar de las cabras y el tañir de cencerros, se acercan los pastores. Sigue Dorotea atentamente los rumores como si estuviera viendo a los suyos. Sabe, ahora que callaron las cabras, que se encuentran sosegadas al resguardo del aprisco, mientras las dóciles, sumisas llamas se reunieron en la hondonada vecina. Atiza el fuego, echa tres puñados de maíz pisingallo en la ollita de fierro, y pronto el maíz florece en los albos copos del ancua. Entran los hombres, muy inclinados, por la puerta escasa. Dispuestos alrededor del fuego, depositan sobre éste sendos agotados acullicos. Cenan el ancua calentita, un cuenco de mazamorra con leche de cabra, y, de postre, un trozo de patay. Apenas si cruzan algunas palabras referidas al pastoreo del día. Luego, se hace un largo silencio. Santos, pronto duerme el sueño profundo de la juventud y el cansancio. Dialogan ahora los ancianos:
-Pensando estuve que nuestro Santos debe bajar pal carnaval.
-¿Con qué plata, irá a la fiesta? ¡Como pa carnaval andamo!
-Nuestro Santos, marido, debe bajar pal carnaval...
-¿Con qué plata mujier?
-Ya le tengo preparada su ropita: calzones nuevos, blusa tejida, poncho siete colores, sombrero ovejuno nuevito. Ya ves...
-Pero ¿con qué plata mujier?
-Mirá viejo, mirá los ovillos de lana’i vicuña que hilé. Buena platita podrá juntar vendiéndolos.
-Pero... ¿de ande te salió este apuro porque el hijo vaya pal carnaval?
-El hijo se lo merece. Nuestro shulco se queda con nosotros, pa no dejar solos a estos viejos. El hijo, ¡dende cuanta que´s hombre! Viejo, el Santos, priecisa mujier.
-Dorotea, Dorotea, ¿cómo creís que me arreglaré pa pastoriar las cabras y las llamas yo solito?
-Diosito proveerá... “Yayaicu hamac-pachapi cac...”  (Padre nuestro que estás en los cielos...) -ora la anciana el Padre Nuestro en la lengua ancestral, tal como lo enseñaran hace siglos los misioneros a sus antepasados, recurso con el que siempre da por terminada cualquier disputa. Nepomuceno con gesto de resignación, se dirige al lecho de cueros ovejunos.
Dorotea labora incansable, preparando las prendas que su hijo lucirá en el carnaval. Termina de tejer y bordar una amplia alforja que cómodamente guardará la ropa de fiestas y el avío que Santos precisará llevar. Santos, por su parte, ensaya tradicionales aires en la antara, los mismos que a su padre  escuchara desde lo matinal de la memoria, música que la raza evoca y recrea desde antiguo.
Cuando llega el día de la partida, Dorotea se hace trasladar fuera de la choza, presidiendo desde allí los preparativos. Santos parte con un simple adioshito madre, adioshito padre; total, son sólo cuatro días entre ida y vuelta, más una semana de carnaval.
Poco, muy poco hablaron los ancianos durante la ausencia del hijo, y no sólo por la parquedad ingénita de ambos, sino, también, porque las palabras huelgan tras extensa y armoniosa convivencia. Lo cierto es que Nepomuceno podía seguir los aconteceres de la fiesta lejana, conforme a los mudables humores de Dorotea, quien, de a ratos, se mostraba inquieta, con redivivos sonrojos de mocedad.
-Mi Santos ha’i tener suerte, viejo.
-Segurito.
-Nepomuceno, hoy es martes de carnaval. Debimos hacer nuestra fiestita.
-Naaa... ¿y cómo?
-Rica comidita preparé... También upié un poco de máiz, y alojita tenimos en el puco, viejo.
Bebieron, comieron con alborozo de cholos.
-¡Alhajita que estás contenta!
-¡Mi Santos ha conocío mujier! ¡Descolgá la caja y cantame como cuanta!
-Vaya si me sabré acordar... -Nepomuceno Vaquinsay pulsó primero la caja con chirlera quedo, íntimo, hurgando en la memoria las coplas de cantar al amor; las mismas que entonara antaño para Dorotea, su único amor:

Kampaschu purinqui, viday,
vestiduiqui overollaj,
quillaina sumaj alegre
Intijna sonko cansachaj.

Cuando andas, mi vida,
con tu vestido overo,
eres linda y alegre como la luna
y el corazón me quema como el sol.

Auackan mini cantamini,
imitaj mimana suasaj,
sonkoillapas mananockap
gustu cabal cuasanaipaj. 

Llorando y cantando estoy,
qué otra cosa puedo hacer,
si he dado mi corazón
gusto cabal no ha de haber.
      
Chunquitay palomitay
ni pinta canta jinaka,
cantajina buenataca
macaska mucha costaka.

Querida palomita
nadie es como vos,
no hay como vos tan buena
 aunque te riña me besas.
      
Había embeleso en la postrera sonrisa de Dorotea Chororqui. Nepomuceno, con piadosa unción, le cerró los ojos. Sintió necesidad de compartir su soledad con el cielo constelado y el viento frío, pertinaz, de la Puna. Pensaba: -Ansí se me jue: dando alegría como me llegó. Ansí se lo contaré a nuestro Santos. Pachamama, ahura es tuya.


domingo, 5 de diciembre de 2010

CANCIONCILLA PARA EL VIEJO HERRERO MATURANO (*). Una poesía del Tata Herrera.

 Ilustración de Dini Calderón
Cuando me viene en recuerdo
tu presencia, Maturano,
visto pantalones cortos,
transito el campo descalzo,
y veo bajo unos talas
viejos carros desarmados.

Hablabas como tu fuelle,
con resoplidos de viento
entre tus labios morados...
Yo esperaba que saliera
en bocanadas de fuego
el run-run de tus palabras.

A la siesta te dormías
con el mate entre las manos;
se agitaban en tu sueño
las memorias de cien años.
Con cenizas de tu mota
ya se nevaba el Ambato.

Cuando descansaba el yunque
Y se moría la fragua,                        .
Maturano me contaba
de aquel flete de un caudillo
al que una vez calzara
con herraduras de plata.

Y de un jefe montonero
asimismo recordaba,
aquel caballo guerrero
que vino herido de lanza,
y que el herrero curaba
con grasa de lampalagua.

Más que en cielos imposibles
cuando niño yo aspiraba
vivir en tu infierno bueno,
viejo herrero Maturano,
y parecerme a ese viento
que en humo se iba a la tarde.

 (*) Esta cancioncilla, fue musicalizada por el músico pampeano José Gerardo "Lalo" Molina.

domingo, 21 de noviembre de 2010

RESPONSO POR JUANCHILO. Un cuento del Tata Herrera.

 
Fotografía de Natalia Cortazzo.


    Al salir de mi pieza encontré a doña Eduviges -mujer de Juanchilo Vergara- echando basura en el zanjón. Cuando me vio, descendió al zanjón haciéndose la que arrea a las gallinas. Arroja la basura aquí, de puro puerca nomás. Cuando llegan los primeros calores, las moscas nos comen vivos. Me sorprendí deseando una torrencial lluvia Plaza Huincul arriba, para que el zanjón bajara bramando y arrastrara desierto adentro al basural. Fugazmente imaginé que la correntada se llevaba el rancho de los Vergara, pero de inmediato me arrepentí de tales deseos al pensar en los seis chicos de mis vecinos.
Caminé unas cuantas cuadras bordeando el zanjón. Luego lo crucé tomando el sendero que me llevaba al campamento de YPF entre zampas, únicos arbustos sobrevivientes de la búsqueda de leña (las zampas sólo dan humo, no ofrendan brasas). Entre zampas, Juanchilo Vergara dormía su borrachera. Farfulló algo ininteligible cuando pasé a su lado. ¡Pobre Juanchilo! Yo lo conocí en tiempos mejores, cuando era dinamitero en las canteras de la cementera de Zapala. En esas canteras, un cartucho de dinamita le llevó una mano. Bajó entonces a Cutral Có, a trabajar en lo que le saliera al paso. Anduvo de leñero, o perdido por meses en el desierto changueando en el tendido de líneas eléctricas, o cavando zanjas para cañerías. ¡Era de ver la baquía con que encajaba el muñón en el asa de la pala, trabajando a la par del más pintado!
Por distraído que fuera Juanchilo, debió caer en la cuenta de que en las tres últimas sucesivas preñeces de doña Edu él nada tuvo que ver. Los tres últimos borregos de los Vergara eran de todos los pelajes. Acaso por esto Juanchilo se largó a chupar, o porque se le agravó la silicosis, herencia de su pasado minero. “Ha empezao a fallarme el resuello", solía decirme, o acaso porque Gumaray, la menor de sus hijas. a los dos años no caminaba y al tercero comenzó a babear, sufrir convulsiones, hasta que un día se tragó la lengua y dejó de padecer. Motivos para emborracharse al Juanchilo le sobran, pero a uno que ve las necesidades de cerca, igual lo invade la bronca cuando descubre en estos niños que vio crecer, esa pátina de impavidez, de descaro, en que se refugian los desamparados. Para peor, las hijas mayores se acercan a la edad de merecer, y en cualquier momento aparecen preñadas, pues en cuanto pasan la barrera de los treinta kilos serán carne de cañón.
Regresé del pozo sin ganas de nada, con el fragor de los motores retumbando en la cabeza. Me embargaba esa sensación, cada día más frecuente, de vivir traspirando el mono inútilmente. En el pozo, al mediodía, los ingenieros, que traían su comida en pulcras viandas, terminaron como siempre prendiéndose a nuestro asado, y hoy con más ganas que nunca, pues el chivo que aportó el negro Taladriz -nuestro jefe de pozo- estuvo de chuparse los dedos. El ingeniero Ledesma empinó el codo un poco más de la cuenta, con humor sombrío. Terminó contándonos que los juna gran puta de nuestra empresa o los del gobierno -y seguro que ambos de acuerdo- terminaron vendiendo el yacimiento Puesto Hernández a precio vil. ¡Que los parió! ¡Si se habrá roto el alma mi viejo en esos páramos con las Comisiones de Exploración!
Cuando el transporte nos dejó en el campamento, hice un poco de tiempo, pues tenía deseos de regresar solo. Al cruzar las vías, vi una montonera de gente rodeando El Zapalero. Estaba la cana poniendo los despojos de un desgraciado sobre un paño de carpa. Cuando me acerqué, escuché que el comisario ordenaba seguir buscando una mano que no aparecía. Seguí mi camino con la sensación de haber desayunado alpataco. Al trepar el médano, divisé las lucecitas mortecinas de mi barrio. No sé en qué momento me encontré frente al quilombo de la Yegua Blanca, y, enseguida, con la Uruguaya sobre mis rodillas.
Con el sol ya alto abandoné la pieza de la Uruguaya. El sol me pegó una piña. Cuando transpuse el zanjón, casi desconozco el caserío. Frente al rancho de Juanchilo estaba un auto de la policía y varias camionetas de las petroleras. Gente en el patio y en los fondos, mientras se elevaba la columna de un asado padre. Cuando me acosté, me trepó a la garganta un géiser de ginebra. "A lo hecho, pecho", me decía como flaco consuelo a mis barrabasadas. ¡Qué breves son cuatro días de franco luego de una quincena en boca de pozo! Había perdido una noche, y el día de hoy lo dedicaría a pelear con la resaca de la borrachera.
Cuando ya me sumergía en un sueño trabajoso, golpearon la puerta.
-¡Pasen, carajo! -grité.
Apareció la figura endeble de Kallvuray, la mayor de las chiquillas Vergara.
-Pasá, Kallvu, y cerrá.
La muchachita cerró la puerta, y permaneció inmóvil.
-¿Están de joda en tu casa?
-No.
-¿Qué querés, hijita?
-Se ha muerto el Juanchilo -(los chicos Vergara nombraban así a su padre).
-¿Cómo que ha muerto...? ¡Si ayer lo encontré durmiendo entre los yuyos!
-Al Juanchilo lo pisó el tren. Eso dicen.
Callamos un buen rato. La Kallvu me abarcaba con sus ojazos. Encendí la luz. Estaba con el vestidito de siempre, pero con el pelo planchado, como sucede cuando se moja y peina el cabello sucio.
-Bueno, Kallvu... Algún día tenía que suceder. Con esa costumbre de caminar por las vías y en pedo, que tenía el Juanchilo...
-El Juanchilo salió con botines.
-¿Y?
-Dicen que el finao estaba con zapatillas.
-Pensá, Kallvu, que tu viejo salía vestido de una manera, y regresaba de otra... Con lo que le daban. Con lo que encontraba en el zanjón.
-Dicen que las zapatillas eran nuevas.
-Y... tal vez se las regalaron. Esperame un cachito afuera, que me cambio y vamos.
Doña Edu oficiaba de anfitriona, yendo y viniendo de la cocina al fondo, cimbrando sus caderas y deparando sus risotadas a todos. La Kallvu se situó a mi lado. Le puse el brazo sobre los hombritos flacos.
-Negro... ¿Me dejás que te diga tío?
-Pero... ¿por qué?
-Tengo miedo. Hay demasiados tipos. Están chupando.
-No tengás miedo. Estaré contigo.
-Vos te irás a dormir. Estás desvelado.
-Tuvimos un problema en el pozo, y llegué tarde anoche -mentí.
Seguían descargando cajones de cerveza, damajuanas de vino. Un petrolero pedía plata para comprar más asado, pues la multitud de visitantes crecía. Utilizaba el casco como alcancía. Me invadió una bronca inatajable. ¡Pobre Juanchilo, carajo! Por bajo que hubiese caído, no merecía estas afrentas.     
-¡A ponerse! -me gritó el negro en las orejas.
-Yo, no pongo una mierda.
-¿Qué carajo le pasa a éste? -dijo sorprendido.
-A mi no me jodas -le respondo, a tiempo que retiro a la muchachita de mi lado, en previsión de una bronca. Observo que mi jefe, el negro Taladriz, se pone a mi costado protegiéndome.
-¡Respeten la casa del muerto, carajo! -grita alguien. En el estado en que yo estaba, seguro que cobraba.
-Dicen que es el Juanchilo, porque encontraron una sola mano -insiste la Kallvu.
-Bueno, dejó de padecer el pobre. Para vivir como vivía... -comenta alguien.
De una camioneta de la Municipalidad bajan un féretro pequeño, sin barnizar. Colocan los extremos del féretro sobre dos sillas, pues la única mesa disponible se encuentra ocupada por media docena de grandes velones eléctricos, aquí absurdos ya que los Vergara no cuentan con energía eléctrica.
-El cajón es muy chiquito para Juanchilo -afirma la muchacha.
Me estremezco al recordar los guiñapos sanguinolentos que viera en la estación del ferrocarril.
Llegó una mujer que comenzó a rezar en vos alta, agria. Algunos se quitaron los cascos. Corría el vino. Se produjo un éxodo importante cuando llegó la noticia de que se largaba el asado. Aproveché la paz suscitada, para contarle a la Kallvu del hombrazo que había sido Juanchilo, aún -y especialmente- luego de perder su mano.
-Dicen que el muerto tenía puesto un mono azul... Dicen que tenía puestas zapatillas... El cajón es muy chico para Juanchilo, -repite obsesionada la muchachita.
-Con los pedazos que recogieron, el muerto entraría en un cajón cosechero -digo irreflexivamente.
La niña me moquea la camisa. De repente cambia de actitud, y me mira con picardía.
-Cómo... ¿No es que habías llegado a la madrugada del pozo? -ríe descubriéndome la mentira.
No sé cuando me quedé dormido. Me despiertan porque roncaba como para despertar al muerto. Decido regresar a mi pieza, a comer lo que encuentre. Atardece.
-Yo me voy con vos -me dice la muchacha.
-No. No sea que éstos piensen que te llevo a la pieza.
-Andá vos primero. Cuando nadie me vea, me rajo.
Abrí una lata de sardinas. Estaba picando una cebolla, y Kallvuray reapareció. Cuando traspuso la puerta, noté que le abultaban las tetitas. Eché una puteada al comprobar que no tenía pan. Sin decir nada, la chiquilla partió, regresando enseguida con pan fresco. Comimos del mismo plato.
-Bueno, Kallvu, andáte a tu casa. Me muero de sueño.
-No. No quiero; ya hay muchos mamados.
-Hacé como quieras.
Me acosté vestido. Desperté noche cerrada. Me sentía mejor, pero urgido de darme un baño. Me costó reconstruir el pasado inmediato. Percibí una respiración cercana. Encendí la luz. La niña había bajado el colchón que guardo arriba del ropero, y allí dormía sin otro abrigo que una camiseta que oficiaba de enagua.
-¿Qué hacés aquí? ¿Querés que piensen que me aprovecho de una criatura?
La Kallvu tenía los ojos de sueño, trasuntaba paz.
-No te calentés Negro. Nadie me echará de menos.
Se puso el vestido por la cabeza y se marchó.
Cuando regresé al velorio, me sorprendió la casa iluminada. Habían traído la luz, quién sabe desde dónde. La Kallvu enseguida estuvo a mi lado. Sólo unas oleadas ásperas en la nuca guardaba de la borrachera. Me sentía notablemente despierto, lúcido. Vi entrar al petrolero al que provoqué ayer. Me le acerqué.
-Disculpame hermano. Lo que pasa es que yo era amigo de Juanchilo.
-Está bien. Pero no hay que ser tan güevón compañero –me responde el mendocino, dándome la mano.
Llegaban desde el patio las risas mortecinas de la Edu ya cansada, y los gritos de los que jugaban al truco. Las camionetas de los turnos traían nuevos visitantes y se llevaban a otros rumbo a los pozos. Me sentía en paz, con la tibieza de la mocosa pegada a mi costado. Los velones eléctricos ahora deslumbraban,  proyectando un nítido abanico de luz por el hueco de la puerta hacia el desierto. De pronto, en ese abanico de luz, observé dos botines viejos. Me estremecí. Me pareció reconocer los botines de Juanchilo. La Kallvu se abrazó con fuerza a mi cintura. No podíamos quitar los ojos de esos botines inmóviles. Con el primer paso, se tornó reconocible el pantalón andrajoso de Juanchilo. Marchamos afuera. Debimos detenernos un momento hasta habituar los ojos a la oscuridad. Percibí unos jadeos agoniosos. Juanchilo sollozaba.
-Negro ¿quién se me murió? -tardó en salirle la voz.
-¡Nadie, carajo! Creíamos que te velábamos a vos.
-¡Juanchilo! ¡Papá! -gritó la Kallvu, corriendo a abrazarlo.
Juanchilo, sobrio como desde hace años no se encontraba, recibía felicitaciones y chanzas de todos, menos de su mujer, que propalaba a los gritos:
-¿No les decía yo que el tren descarrilaba antes de pisar a este borracho?
Sin contemplaciones depositaron el ataúd que contenía los despojos del desconocido en la caja de una camioneta. Sólo Juanchilo, solemne y compuesto, se persignó al paso del muerto, gorra en mano. Me acerqué a saludarlo.
-Vieras Juanchilo, cómo quedó el tipo que arrolló el tren. Por andar por las vías en pedo, como algunos que conozco.
Levantó hacia mí los ojos enrojecidos, como pidiendo auxilio.
-Yo te ayudaré, Juanchilo -le prometí sinceramente.
La noche estaba hermosa. Respiré hondo inundando los pulmones con el aire del desierto. Hacia el suroeste extendía Cutral Có el arco lechoso de sus luces. Las estrellas se apeaban en el horizonte a besar nuestros duros jarillales. Decidí darme el tan esperado baño, con agua helada. Cuando a oscuras me metía en la cama, más que escuchar, presentí la presencia de alguien:
-¿Quién está aquí?
-Yo, esperándote.
La niña había extendido el colchón en un rincón de la habitación, y se cubría con una capa impermeable que uso en mi trabajo. Encendí la luz. Kallvuray, se sentó abarcándome con sus ojos negros hermosos, suplicantes.   
-Tío... Negro, yo no te estorbaré... Tendré tu pieza y tus pilchas limpitas. Sé cocinar... ¡no dejés por Dios, que vuelva a  mi casa!...

 Glosario:
 borregos: Término con que se nombra a los  niños en la Patagonia, especialmente en las zonas rurales.
alpataco: arbustiva xerófila, de poderosas raíces que se aprovechan para leña y cuya fronda es marcadamente menor y muy espinosa.
Gumaray: Nombre propio mapuche. Significa  “flor preciosa”.
Kallvuray: idem anterior, significa “flor azul”.

Publicado por la CONADEPA (Comisión Nacional para el Desarrollo de la Patagonia), mediante concurso, en su primera  Antología de Cuentos Regionales de la  Patagonia.

jueves, 16 de septiembre de 2010

EL HACHA DE PIEDRA. Un poema del Tata Herrera.

Veía sus alpargatas menudas
-desteñidas por el sol capayano-
caminar sobre los cantos rodados
enarenados y húmedos aún por la crecida
reciente;
guardaba perfume a temporal
este río fugaz,
este río de quita y pon,
este río de...:
- ...llego bramando, haciendo
rodar como nueces peñascos sansones.
Mi panza áspera de tumultos
contagia temblores a la tierra,
y es mi voz 
memoria de los truenos
que rodaron por los cerros
donde está mi casa,
mi cíclica naciente;
desciendo desbocado; emula mi marcha
derrumbes en desfiladero;
mi cabeza de ramas, de mugidos
de toros ahogados que llevo
por el aire cual pajuelas;
mi cabeza no se arrastra
-¡vengan a verla!-
mi cabeza brinca, rueda,
¡agua de levantar polvaredas!
Exudan mis costados, relentes
de la flora toda, del árbol entero:
desde el penacho de sus raíces
que son escoba
para barrer mi lecho,
hasta la flor que majo y macero.
Mirad los pájaros en loco
torbellino coronando mi cabeza;
urgido, busco 
la paz del llano, el cauce final
que se abre en delta a campo abierto:
Pronto, cuando la serena
quietud deposite mi limo
entre el monte redivivo por mi gracia,
yaceré explayado espejo,
presintiendo la irrupción
de la hierba; será mi recuerdo
un mar de verdes. Vendrán
los labriegos sin tierra a sembrar
ancos, calabazas, sandías y melones
  en estas costas sin dueño.

Ignoraba el niño
este discurso algo jactancioso
pero certero del río.
Agitaba una rama de jarilla
en despareja batalla con miríadas de jejenes
que no lograban distraerle de la búsqueda
de piedras variopintas, polimorfas:
aquí, un basalto negro flagelado de cuarzo blanco,
más allá el cristal estrellado de una obsidiana verde...
Cuando los jejenes le enfebrecieron
los desnudos brazos, las corvas inermes,
se disponía a abandonar la búsqueda,
cuando la viera:
límpida, sumisa, echada sobre la arena;
de suavísimo gris y tímidos verdes
investida, tal ciertos huevos;
perfecta de curvas: el ala como henchida,
el peto robusto y breve,
separado del ala por cintura
de singular hendimiento;
armoniosa como el vuelo
de un ave de alto vuelo.
La probó con la punta de la lengua:
sabía a tierra levemente salina
oliendo aún a creciente, nefrita primorosa,
¡el Hacha de Piedra!
Inmutable cayó al morral,
inmutable durmió junto a su lecho,
inmutable acompañó al joven andariego,
inmutable siguió al hombre por todos sus derroteros. 
Al alcance de la mano siempre,
al alcance de la mirada que en ella reposa,
al alcance del hombre
que sólo entrevé sobre el abismo
de doce lustros, las alpargatitas aquellas
del niño que fuera,
y El Hacha, que finalmente irá con él
cuando lo llame la tierra.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

MARIPOSA DE OCTUBRE. Un soneto del Tata Herrera.



Caminabas al borde de la tarde.
Viajó, por verte, el Sol bajo las nubes.
Llegabas con los vientos de Octubre,
mariposa temprana, y en la calle

dejé mi piel de vieja pesadumbre.
¿Pensaste acaso en la suave paradoja
de la angustia en que tu llegar me sume,
si presiento tu adiós que me acongoja?

Te ceñiré a mí desesperado.
Fundiré tus huesitos a mis huesos.
Arderá nuestro leño con los besos.

Sentiremos tal vez que fue soñado
el fulgor que envolviera nuestros cuerpos.
¿Encerramos en lo fugaz lo eterno?